Rehabilitar la pintura

En 1954 fui a París en busca de la verdad artística, pero me encontré con que allí imperaba un enorme confusionismo. Según pude comprobar, el hilo conductor de los valores pictóricos se había interrumpido hacia 1918 con el movimiento Dadá; después de éste no había surgido nada auténticamente nuevo, el pensamiento se había detenido con él.
Sin embargo era indudable la existencia, más que de una auténtica evolución, de un academicismo creciente.
¿No había nada después de Dadá? ¿Se había terminado definitivamente el arte? Y al margen de estas preguntas: ¿qué es el arte?, ¿para qué sirve?, ¿qué es la pintura?, ¿qué fuerza nos había empujado a alcanzar ese nihilismo total? Tales eran los problemas con que debía enfrentarme y que intentaría resolver.
Estableciendo este hecho y buscando una posible salida, me propuse desandar el camino recorrido en el sentido inverso. Ello requería que yo mismo me convirtiese previamente en real, es decir, tenía que destruirme, ponerme a cero y eliminar dentro de mí todo componente intelectual. No debía conservar más que la emoción de mi ser más profundo, debía reintegrarme totalmente en la naturaleza, para formar con ella una sola unidad y así renacer. Encontrándome en un mundo en el que el realismo carecía de sentido, no debía pensar del modo anterior, sino sentir. En otras palabras, dar de nuevo la vuelta al reloj de arena y substituir la doctrina realista por la idealista.
En consecuencia, pictóricamente tuve que volver a empezar desde el principio, tomando como punto básico de partida “el claroscuro”, con lo que me enfrentaría, utilizando tan sólo el blanco y el negro. Rehusando toda materia. Así fue como empezó mi primera etapa creativa, confundida con lo que algunos, más tarde, llamaron, nuagisme.
En 1958, cuando alcancé un dominio pleno de la estructuración del claroscuro, añadí a mi pintura el color, poro sólo los colores primarios, entremezclados por simple transparencia. En 1959, introduje como nueva expresión pictórica “el grafismo”, sin enfrentarme con ningún problema de significación.
En 1962, necesité incorporar definitivamente a mi pintura un nuevo elemento,“el tema”, una evocación humana de la naturaleza en al que primero me serví de su objetividad metafísica, “el mito”, continuando más tarde inspirándome con sus dramas y tragedias, que son la motivación de su lenguaje pictórico, mediante lo que denominé literatura pictórica.
Más tarde, como divulgación y confirmación de dichas ideas, organicé con la Galerie Breteau varias exposiciones de choc, que llamábamos exposiciones de reflexión. Ahí se demostraba la existencia palpable de un academicismo ya mentado, fruto final y definitivo de la doctrina realista.
Manuel Duque
Paris, 1965